Nº 51 Año 2006

Índice

 

 

Aclaramos Ese DESDE que es algo  más que una moda del lenguaje de los últimos tiempos. Caminar desde Cristo supone haber descubierto en la plenitud humana, haberse dejado seducir por su persona y caminar por la vida como expresión y consecuencia de ese encuentro.

 

            Lo que puede hacer a la vida religiosa significativa no es nuestro credo sino el vivir de tal modo que los otros intuyan ese “algo” que nos moviliza o al menos se interroguen por él. “Sembrar misterio…”

 

LA BOLSA COMÚN DE LA COMUNIDAD RELIGIOSA

 

            La bolsa común es uno de los rasgos típicos del grupo de Jesús y el que más caracteriza nuestro estilo de administración de bienes; hasta tal punto que sería mejor  llamarle voto de bolsa común  y no voto de pobreza, palabra que significa una carencia de lo necesario que afecta hoy en día a millones de personas, pero no a los religiosos…

            Jesús, gran conocedor del corazón humano, decía: no os obsesionéis por el futuro... qué difícil que entren en el Rei­no los que tienen riquezas... tened mu­cho cuidado con la avaricia... acumulad sólo lo que no pierde valor... no podéis servir a Dios y al dinero... porque don­de está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón.

            La dinámica de apropiación que late en e! corazón humano era en 'su época la misma que hoy y Jesús la consideraba un grave obstáculo para acoger la buena noticia del Reino. De ahí sus numerosas alu­siones al tema y su modo testimonial de vivirlo.

Por muy variadas que sean las formas de seguirle, la relación con los bienes siempre constituye un aspecto insoslaya­ble. El modo propio de la vida religiosa es la comunión solidaria de bienes.

            En la comunidad religiosa, la bolsa co­mún tiene una triple finalidad: el cubrir nuestras necesidades humanas; el impedir que la propiedad privada nos lleve a poner el corazón en los bienes; y el compartir bienes y estilo de vida con nuestros hermanos los pobres.

             La consecuencia de este voto de bolsa/ común va más allá de lo administrativo y" afecta a las raíces del ser; "pobreza de espíritu" le llamamos, pero, si es verdadera, tiene que ser sentida en la carne y visible a cuantos nos rodean:

              No somos personas económicamente independientes que descansan sobre su cuenta corriente, lo cual contradice nuestro innato afán de suficiencia y nos da una imagen poco relevante en nuestra sociedad. Nuestro descanso es la comunidad de her­manas a la que pertenecemos y en la que confiamos.

Vivimos sobriamente, con austeridad y sencillez no carente de gratuidad y fiesta, sin servidores, al esti­lo de Jesús y podemos así compartir con los necesita­dos. Este estilo sobrio y sencillo só­lo se aprende teniendo como vecinos a los pobres reales que son los que desenmascaran nuestras justifi­caciones.

Para la reflexión personal

             ¿Cómo vivo esta forma alternativa de ad­ministración de bienes? ¿La valoro como liberación para el Reino, con agradeci­miento a la comunidad, o como carga pesada que trato en lo posible de sacudir? ¿Qué relación encuentro entre mi vivencia de la pobreza evangélica y mi relación con Dios?

            Vamos A otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido (Mc 1-37)

El envío es un despojo permanente. El mismo seguimiento de Jesús, con lo que esta palabra implica de movimiento, se va construyendo en nuestro verdadero “hogar” y su misma  misión es la que da sentido a nuestro hacer, cualquiera que sea, a nuestro saber estar. La itinerancia misionera nos impide acomodarnos, instalarnos, echar raíces, tomar posesión, justificar lo imprescindible de nuestra presencia allí donde estemos. “Jesús no tenia donde reclinar la cabeza”. Y a eso nos invita con nuestro compromiso de pobreza.