En este día nos
reunimos todas las Órdenes y Congregaciones religiosas en la
Iglesia universal ”Congregavit nos in unum Christi amor” (La
vida fraterna en comunidad) para la celebración de
la Eucaristía, la “acción de gracias” por el preciado don de la
Vida Consagrada.
“Vosotros
sois una raza elegida, un sacerdocio real una nación consagrada
un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que
os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz
maravillosa” (1P2, 2)
La Vida Consagrada
nació por el impulso creador del Espíritu , suscitando en los
fundadores una admirable variedad de carismas. Carismas que se
prolongan y profundizan a través del tiempo en todos aquellos
que han ido siguiendo sus pasos.
Nuestra Hermana
Teresa de Lisieux nos da una demostración al escoger:
“En el
corazón de mi Madre la Iglesia yo seré el amor......Y lo seré
todo...” (Historia de un alma Ms.B)
Todos los
carismas, todas las vocaciones las siente vivas en sus entrañas.
Es extremadamente “ambiciosa”. Y desde la contemplación se lanza
en una actividad dinámica, no solo a “remar mar adentro...” sino
a navegar a velas desplegadas, lanzada con la fuerza del
Espíritu, por los inmensos mares de la fe, de la esperanza y de
la caridad... y no satisfecha con esto, se remonta a las alturas
sobre las plumas de su “Águila”¡Qué alas...! y,
“le dio
a la caza alcance” (S. Juan de la Cruz. Poesías)
¿Qué significado
tiene la Vida Consagrada?
La radicalidad de
la consagración religiosa, es en sí misma, un anuncio y una
denuncia profética. A semejanza de Jesús, tiene como sentido
hacerse don: diseñar de modo creíble el rostro de Dios, que nos
ama y que se nos ofrece gratuitamente. El bautismo, como don, es
gracia, es una acción divina, es la consagración fundamental
cristiana y por consiguiente la base de la Vida
Consagrada.
Ésta es pues una
forma específica y original de vida cristiana, es como una nueva
llamada a la santidad. De entre los muchos caminos o llamadas a
la santidad está el de la Vida Consagrada, en la cual los
hombres y mujeres al profesar los Consejos Evangélicos de,
castidad, pobreza y obediencia, y fundados en la Palabra del
Señor:”Ven y sígueme”, deciden entregarse a Dios totalmente para
dar un testimonio de amor, a Dios con su entrega total al
servicio de la Iglesia y a los Hermanos. Amor perfecto que
rebasa la frontera de las leyes y nos adentra en la experiencia
radical de la abnegación evangélica, instrumento y signo de ese
mismo amor, así llegamos a ser en la Iglesia signo vivo de las
más sublimes exigencias del Evangelio.